Esa necesidad imperiosa, esa
presión en la garganta que amenaza con ahogarte, esa sensación húmeda y cálida
saliendo por tus ojos, ese dolor en el pecho que te oprime, esos jadeos porque
te falta el aire…
Llorar, todo lo que haces es
llorar, porque lo necesitas, porque no tienes otra forma de superar a tu
alrededor, porque todo te asfixia, porque la más leve falta te hace sentir el
ser más inútil. Lloras, lloras porque sí, no hay pensamientos en tu cabeza,
sólo tú, y tus ganas de llorar, de enviar esa pena lejos…
Pero la pena sigue ahí, flotando
a tu alrededor en cada sollozo que das, aferrada al nudo de tu garganta,
dejándote frías marcas en las mejillas. No hay luz, no hay oscuridad.
Y de repente, ya no hay lágrimas,
no hay dolor. No hay más que tú, tú con ojos enrojecidos mirando fijamente a
punto sin verlo, sintiéndote en paz al fin contigo mismo. Porque ya está, ya ha
pasado la tormenta; la acción sigue ahí, pero tu culpa se ha ido. Es entonces
cuando te levantas del suelo y te das cuentas de que aún sujetas el pañuelo que
te ha consolado durante tu llanto. Lo miras con un agradecimiento mudo y lo
envías a su siguiente destino. Luego, lentamente, te vuelves y limpias todo
rastro que pudiera quedar porque… ya se ha ido, ya no está. E inspiras hondo, y
sigues adelante. Porque el mundo no se detuvo por ti, por tus lágrimas, y debes
continuar.
“La próxima vez lo haré mejor”,
te prometes, recordando a cada segundo siguiente cómo sonreír. Y te vas y... simplemente, vives.
Joder! Es desgarrador, y desgarradoramente real.
ResponderEliminarNo lo veo triste, lo veo una auténtica declaración de fuerza. Lloramos, sí, caemos, sí, la cagamos, sí... pero después nos secamos los ojos y seguimos adelante.
Y espero que no tengas que recordar como sonreír... sino que simplemente sonrías
Te quiero
Bonito
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