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jueves, 6 de octubre de 2011

Caperucita Negra

Este es un feo cuento. Ven a leerlo... si puedes.

Llegaba tarde, llegaba tarde. Sus pies eran demasiado lentos.


Jadeaba por el esfuerzo cuando divisó el lugar acordado. Pero él no estaba, quizá aún no había llegado… o quizá ya se había ido. Se le encogió el corazón de sólo imaginarlo. Corrió más.


Vio una figura entonces junto al árbol. Pero era demasiado pequeña, demasiado frágil. No era él. No le prestó atención, no le importaba, así que le dio la espalda y miró en todas direcciones buscando a quien esperaba.


Entonces, un rudo golpe en la cabeza la hizo caer al suelo. Se le cortó la respiración, y sus piernas se doblaron sin remedio, haciéndola probar el suelo. Una carga pesada se instaló en su espalda, a la altura de los omóplatos, sintió cómo se introducía en su boca dos objetos largos y delgados, y tiraban de sus labios en dos direcciones diferentes. Gritó, gritó con todas sus fuerzas mientras le desgarraban la boca.


-Para que no puedas besarle –río quien se sentaba en su espalda. Sus manos ensangrentadas aún reposaban sobre las mejillas ahora partidas en dos-. No debiste haberme ignorado.


Ella no sabía quién le hacía eso ni por qué. Dolía, dolía. No reconocía la voz que le hablaba y quiso, entre el aturdimiento, girar la cabeza para verlo. Pero de repente, algo se posó sobre sus ojos y apretó… y apretó hasta que sus ojos dejaron de estar ahí. Gritó de nuevo.


-Para que no puedas ver su rostro nunca más –siseó con tal maldad que hasta la nueva oscuridad en la que se había sumergido tembló. Fuera quien fuera, le conocía, a él. –No va a venir, él nunca supo que estuviste aquí… 


Hubo unos segundos de silencio expectante. Pero luego continuó, y aquello no le gustó. Fue a hablar, pero de repente, quien estaba sobre ella, tiró de su pelo tan fuerte que pensó que le rompería el cuello. Pero sólo le arrancó el pelo, de raíz, hasta dejar su piel a la intemperie del frío crepúsculo. Dolía, dolía. Seguía sin reconocer quién hablaba y seguía sin saber por qué la lastimaba de aquella forma.


-Para que la belleza te rehuya, y sea toda para mí –rugió, terminando en una risa demencial.


Ella supo que no se quedaría contento con aquello, que la terminaría matando. Porque era lo que buscaba con aquella mutilación. No volvería a conocer otro nuevo día. Así que intentó levantarse, pero el peso la retenía con bastante eficacia. Su captor lo sabía, pero no contento con aquello, hizo algo más: Ella volvió a gritar cuando un dolor intenso atravesó la piel, músculo, tendones y hueso de sus tobillos. Le había cortado los pies.


-Para que no puedas volver a correr a sus brazos –susurró una infantil voz en su oído-. Él vendrá mañana, ¿sabes? Yo quedé con él en tu nombre… 


Se horrorizó. ¿Qué le haría aquel loco desquiciado? 


-¿Q-quién eres? –sollozó, sabiendo que su tiempo se agotaba. Quizá podría… no podría impedir nada. Se estaba muriendo-. ¿Por qué haces esto? … ¡¿Quién me está matando?! –gimió, sufriendo un espasmo. Se moría. Oh, sí, se moría… 


Hubo un silencio que se le hizo eterno, pero que deseó que nunca se acabara después de lo que oyó:

-¿Yo? –la voz sonó dulce e inocente… tal y como él describía la suya. Oh, no… -, yo soy tú –dejó escapar una risa suave-. Soy tú al otro lado del espejo… pero ya nunca más. Ahora tú serás quien mire a través del espejo y yo quien viva… con él.


No lo entendía, no lo entendía en absoluto. ¿Qué decía? ¿Qué locura era esa? 


-No debiste haberme obligado a aquel frío lugar, yo era parte de ti –ahora sonaba triste, enfadada, y sollozaba-. No me gustaba aquel lugar, y tú lo sabías. ¡A ti no te gustan esos sitios! Yo sólo quería un pequeño sitio en tu mundo… nuestro mundo. Pero estabas tan empeñada en que en tu corazón solo podía haber luz que desterraste cualquier rastro de sombra –ella sintió que unas afiladas uñas se clavaban en sus hombros. Gritó con las pocas fuerzas que quedaban-, a mí… Ahora yo reclamo mi parte, y el corazón que tanto ama ahora es mío… 


Estaba muerta. Ya era un hecho. Porque sabía lo que iba a hacer. 


De haber tenido ojos, los hubiera cerrado. De haber tenido una boca intacta, la habría abierto para gritar. De haber tenido pelo, lo habría usado para ocultar su cara del horror. De haber tenido pies, habría corrido. Pero ya no tenía nada. Y lo poco que le quedaba, se lo iban a quitar.


Algo frío se clavó en su espalda, y se removió, dañino y lacerante, en todas direcciones. 


-Es horrible –le confesó la voz, mordaz-. Músculo y sangre. Como cualquier corazón. No hay luz, nunca la hubo.

Ella sintió aquellas horribles manos abriéndose paso a través de su espalda, partiéndole costillas… y al final, en un último latido, sintió cómo la garra se cernía sobre ella, y le arrancaba el corazón.