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jueves, 13 de octubre de 2011

El desastre ~

Lo prometido es deuda (?) Aquí viene mi mega post ò__o
Feliciano paseaba lentamente por aquel largo pasillo lleno de armaduras. Las miraba de reojo con curiosidad; parecían muy antiguas, aunque brillaban como si estuvieran nuevas. Y tenían una pose erguida, tan natural, que daban la impresión de que echarían a andar de un momento a otro.

-Ve ~ -Feliciano se detuvo delante de una de ellas, la más alejada del extremo por el que había entrado. Nunca le habían despertado curiosidad los objetos relacionados con la guerra, no a él, que amaba comer, dormir y pintar. Pero ahora que las veía tan de cerca… las admiraba, pero no como a complementos bélicos, si no como a obras de artes. Apreció cada detalle con sumo cuidado: el grosor del metal, los recovecos que permitían los movimientos con ella, la postura relajada en la que habían sido colocadas.

Feliciano se acercó más para ver el yelmo al final de la armadura, recto, enhiesto, con una pluma que caía suavemente hacia atrás; su visera acabada en punta con aquellas rejillas lo suficientemente delgadas como para impedir el paso de la espada, pero suficientemente anchas para permitir ver al caballero. Feliciano paseaba su mirada por aquel lugar cuando un rayo de sol incidió sobre ellas, arrancando un extraño brillo de su interior. El chico pestañeó, confuso, echando levemente la cabeza hacia atrás, y el brillo volvió a aparecer fugazmente.

-¿Qué es eso? –preguntó en voz alta, ladeando la cabeza. Se adelantó un paso, poniéndose de puntillas para comprobar si así veía algo… con tan mala suerte que su delgado cuerpo golpeó la espada que sujetaba la armadura y se descolgó. Cayó con un estrepitoso ruido, cuán larga era, hacia el lado derecho, golpeando duramente el suelo. Éste lo soporto sin romperse, para suerte de Feliciano.

-¡V-ve! –el chico dio un salto hacia atrás, alejándose de la armadura. Miró con nerviosismo hacia todos lados. Lo iban a castigar, seguro. Corrió todo lo rápido que pudo hacia la espada y, con esfuerzos sobrehumanos, logró levantarla del suelo, jadeando. Suspiró aliviado, sonriendo al creer que podría solucionarlo sin que nadie interviniera –y lo castigara-, pero entonces, sin que le diera tiempo a reaccionar, la pesada arma se le resbaló de entre los dedos y fue directa a atacar la pierna izquierda de la armadura.

La empuñadura sacó de su sitio la pierna… y el resto del armadura, descompensada sin uno de sus apoyos principales, se vino abajo.

Feliciano nunca olvidaría cómo se extendió en todas las direcciones posibles aquel mar de metales. Comenzó a llorar, tratando de pensar en algún hechizo de recomposición, pero se echó las manos a la cara y lloró con más ganas cuando recordó que aún no sabía ninguno.

Y fue entonces, cuando un intenso brillo captó su atención a través de las lágrimas. Feliciano lo recordaría más adelante, y se extrañaría de que un objeto tan pequeño hubiera podido emitir tal fulgor.

El chico detuvo los gemidos al instante y miró con atención aquel brillo en el suelo, muy cerca de donde había caído el yelmo de la armadura. Era una piedra pequeña, de color oscuro. Feliciano frunció el ceño y se agachó para verla bien. Tenía algo… que le atraía y repelía a la vez. Aún así, decidió cogerla y la examinó con cautela, como se observa a una fiera bestia, a la luz que ofrecían los rayos de sol. Estaba fría, más fría de lo que podría estar cualquier piedra.

-¿Ve? –le dio vueltas entre sus dedos para verla desde todos los ángulos posibles-. ¿Qué es esto?

De repente, oyó un murmullo a su espalda y dio un respingo, girando la cabeza. A lo que sus ojos vieron, no le pudo dar crédito. Era un sueño, él sólo acudía en sus sueños, al igual que la otra persona que tanto añoraba.
-¿Abuelo? -la figura se presentaba ante él, más humana que cualquier fantasma pero más... translúcida. Era extraña.
La piedra se le resbaló de los dedos ante la impresión y la figura desapareció como si sólo hubiera sido un espejismo.
El chico se quedó parado donde estaba, mirando con pestañeos constantes y perplejos, el lugar donde hacía un momento había estado su abuelo... o aquella cosa que tanto se parecía a él. Pero no pudo quedarse allí mucho tiempo, porque oyó que alguien se acercaba al pasillo con paso presto.

Probablemente, alguien que había oído todo el jaleo de la armadura... Recordó de golpe todo el desastre de la armadura y que lo castigarían si lo veían allí. Recogió a prisas y con torpeza -estuvo a punto de caer al suelo- la piedra del suelo, se la guardó en el bolsillo y echó a correr hacia el lado contrario de donde venían los pasos, rezando todas las oraciones que se sabía para que nadie descubriera que él había sido el responsable de semejante estropicio.

Sin embargo, la parte más despierta de su cerebro -una que siempre trabajaba casi al margen del conocimiento de su dueño- no dejaba de darle vueltas al extraño hecho que había sucedido y que, con total seguridad, aquella extraña piedra de su bolsillo tenía algo que ver.

jueves, 6 de octubre de 2011

Caperucita Negra

Este es un feo cuento. Ven a leerlo... si puedes.

Llegaba tarde, llegaba tarde. Sus pies eran demasiado lentos.


Jadeaba por el esfuerzo cuando divisó el lugar acordado. Pero él no estaba, quizá aún no había llegado… o quizá ya se había ido. Se le encogió el corazón de sólo imaginarlo. Corrió más.


Vio una figura entonces junto al árbol. Pero era demasiado pequeña, demasiado frágil. No era él. No le prestó atención, no le importaba, así que le dio la espalda y miró en todas direcciones buscando a quien esperaba.


Entonces, un rudo golpe en la cabeza la hizo caer al suelo. Se le cortó la respiración, y sus piernas se doblaron sin remedio, haciéndola probar el suelo. Una carga pesada se instaló en su espalda, a la altura de los omóplatos, sintió cómo se introducía en su boca dos objetos largos y delgados, y tiraban de sus labios en dos direcciones diferentes. Gritó, gritó con todas sus fuerzas mientras le desgarraban la boca.


-Para que no puedas besarle –río quien se sentaba en su espalda. Sus manos ensangrentadas aún reposaban sobre las mejillas ahora partidas en dos-. No debiste haberme ignorado.


Ella no sabía quién le hacía eso ni por qué. Dolía, dolía. No reconocía la voz que le hablaba y quiso, entre el aturdimiento, girar la cabeza para verlo. Pero de repente, algo se posó sobre sus ojos y apretó… y apretó hasta que sus ojos dejaron de estar ahí. Gritó de nuevo.


-Para que no puedas ver su rostro nunca más –siseó con tal maldad que hasta la nueva oscuridad en la que se había sumergido tembló. Fuera quien fuera, le conocía, a él. –No va a venir, él nunca supo que estuviste aquí… 


Hubo unos segundos de silencio expectante. Pero luego continuó, y aquello no le gustó. Fue a hablar, pero de repente, quien estaba sobre ella, tiró de su pelo tan fuerte que pensó que le rompería el cuello. Pero sólo le arrancó el pelo, de raíz, hasta dejar su piel a la intemperie del frío crepúsculo. Dolía, dolía. Seguía sin reconocer quién hablaba y seguía sin saber por qué la lastimaba de aquella forma.


-Para que la belleza te rehuya, y sea toda para mí –rugió, terminando en una risa demencial.


Ella supo que no se quedaría contento con aquello, que la terminaría matando. Porque era lo que buscaba con aquella mutilación. No volvería a conocer otro nuevo día. Así que intentó levantarse, pero el peso la retenía con bastante eficacia. Su captor lo sabía, pero no contento con aquello, hizo algo más: Ella volvió a gritar cuando un dolor intenso atravesó la piel, músculo, tendones y hueso de sus tobillos. Le había cortado los pies.


-Para que no puedas volver a correr a sus brazos –susurró una infantil voz en su oído-. Él vendrá mañana, ¿sabes? Yo quedé con él en tu nombre… 


Se horrorizó. ¿Qué le haría aquel loco desquiciado? 


-¿Q-quién eres? –sollozó, sabiendo que su tiempo se agotaba. Quizá podría… no podría impedir nada. Se estaba muriendo-. ¿Por qué haces esto? … ¡¿Quién me está matando?! –gimió, sufriendo un espasmo. Se moría. Oh, sí, se moría… 


Hubo un silencio que se le hizo eterno, pero que deseó que nunca se acabara después de lo que oyó:

-¿Yo? –la voz sonó dulce e inocente… tal y como él describía la suya. Oh, no… -, yo soy tú –dejó escapar una risa suave-. Soy tú al otro lado del espejo… pero ya nunca más. Ahora tú serás quien mire a través del espejo y yo quien viva… con él.


No lo entendía, no lo entendía en absoluto. ¿Qué decía? ¿Qué locura era esa? 


-No debiste haberme obligado a aquel frío lugar, yo era parte de ti –ahora sonaba triste, enfadada, y sollozaba-. No me gustaba aquel lugar, y tú lo sabías. ¡A ti no te gustan esos sitios! Yo sólo quería un pequeño sitio en tu mundo… nuestro mundo. Pero estabas tan empeñada en que en tu corazón solo podía haber luz que desterraste cualquier rastro de sombra –ella sintió que unas afiladas uñas se clavaban en sus hombros. Gritó con las pocas fuerzas que quedaban-, a mí… Ahora yo reclamo mi parte, y el corazón que tanto ama ahora es mío… 


Estaba muerta. Ya era un hecho. Porque sabía lo que iba a hacer. 


De haber tenido ojos, los hubiera cerrado. De haber tenido una boca intacta, la habría abierto para gritar. De haber tenido pelo, lo habría usado para ocultar su cara del horror. De haber tenido pies, habría corrido. Pero ya no tenía nada. Y lo poco que le quedaba, se lo iban a quitar.


Algo frío se clavó en su espalda, y se removió, dañino y lacerante, en todas direcciones. 


-Es horrible –le confesó la voz, mordaz-. Músculo y sangre. Como cualquier corazón. No hay luz, nunca la hubo.

Ella sintió aquellas horribles manos abriéndose paso a través de su espalda, partiéndole costillas… y al final, en un último latido, sintió cómo la garra se cernía sobre ella, y le arrancaba el corazón.






lunes, 29 de agosto de 2011

Niña perdida

Mary alargó una mano para juguetear con los rayos de sol que se colaban por la ventana. Le gustaba maravillarse con el calor que desprendían y con las curiosas formas que la sombra de sus dedos creaba.
Sin embargo, aquel día, en aquel momento, sólo sintió un calor sofocante, surgido de su propio pecho, de la zona donde debía estar su corazón; un corazón que latía herido, un dolor que no conocía límites. Un ansia desesperada por unirse a aquellos rayos de sol la embargaba. Porque los rayos de sol no sienten, pensaba.
Aquella luz nunca sentiría desdicha, miedo o coraje. No sentiría amor ni rechazo. No tenían corazón que aplastarle ni sentimientos que pisotearles. No tenían nada, más que su brillo y su calor.
Mary se levantó de su asiento, sin fijarse en quien estaba a su alrededor. Al fin y al cabo, todo era una sombra, todo estaba marchito. Corrió las cortinas con delicadeza (una que nunca le habían demostrado y, por lo tanto, no sabía cómo había aprendido) y paseó una mano por el cristal de la ventana, deseando fundirse con aquellos rayos de sol insensible. ¿Podría volar con ellos? ¿Se lo permitirían? Aunque no hubiera luz en ella...
Dejadme salir, le había suplicado en vano a la oscuridad que se había apoderado de su interior. Todo gracias a él, a sus palabras sin medidas.
Mary estiró los labios en una mueca de antipatía. Los recuerdos dolían, y en aquel momento sólo quería ser un rayo de sol. Abrió el cierre de la ventana y la empujó suavemente. Una alegre brisa estival le revolvió los cabellos.
¿Y el aire? ¿El aire sentía? Frío, calor... no era el tipo de sensaciones que Mary deseaba dejar atrás. El frío se combate con calor, el calor con frío; más fácil que combatir el dolor.
Mary sacó la cabeza y miró, contempló al mundo que aún decidía sucederse sin que ella fuera conciente. Sacó un poco más su cuerpo, le gustaba la sensación de no sentir más que su cuerpo en el aire. Quería volar, volar, muy lejos. Como Peter Pan voló lejos de aquello que lo lastimaba: El hacerse mayor, el comprender los sentimientos adultos... Mary quería ser una niña perdida allá en Nunca Jamás.
Llévame contigo, Pete... susurró mientras se dejaba caer más allá del límite de la ventana.
Pero no era a ese Pete a quien llamaba, si no a un Pete que sí había crecido, a uno que no había tenido la inocencia de no entender sus sentimientos, si no que lo había hecho y los había destrozado limpiamente, sin remordimientos. Aún recordaba aquella boca, aquella boca que tanto amaba, regalándole su amor a otra que no era ella.
Mary vio sus ojos, sus ojos refulgiendo con mofa cuando se dio cuenta de que lo había visto. Y aún así, aún en aquel momento, creyó ver un poco de amor en ellos.
Se abrazó a aquella mirada, y a su boca, a la imagen de quien había amado y amaba, mientras una terrorífica boca verde le abría los brazos para atraerla hacia abajo. Hacia un nuevo infierno.
                                                                             ***
Pete nunca conoció su suerte, y si la supo, nunca debió importarle.

sábado, 27 de agosto de 2011

Ella

Ella era como tú, como yo, como cualquier otra niña.
Ella soñaba, como cualquier otra. Ella tenía esperanzas, deseos... ella creció y tuvo ambiciones.
Ella tenía un corazón como todos. Ella probó el dulzor de la felicidad, y saboreó la amargura del dolor.
Ella tenía ojos para ver. Ella veía que todas eran hermosas. Ella preguntaba a la luna por qué no era así.
Ella oía al mundo que la rodeaba. Ella escuchaba cosas buenas de quienes la rodeaban. Pero ella sólo oía cosas malas de sí misma.
Ella tenía boca para alabar a quienes tenía cerca. Pero ella nunca pudo expresar nada bueno sobre sí misma.
Ella podía saborear las texturas con la piel. Ella se imaginaba cómo de suave sería la piel de él. Pero ella nunca la tocó.
Ella se sentía marginada de aquel mundo al que tanto ansiaba pertenecer. Ella no tenía nada especial, ¡ella no merecía existir!, le gritaba su insana voz interior.
Y ella lloraba, lloraba en silencio en su cama, sintiendo que su propio cuerpo iba a aplastarla con cada gemido de llanto que trataba de contener.
Y ella llora, aún llora.