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lunes, 29 de agosto de 2011

Niña perdida

Mary alargó una mano para juguetear con los rayos de sol que se colaban por la ventana. Le gustaba maravillarse con el calor que desprendían y con las curiosas formas que la sombra de sus dedos creaba.
Sin embargo, aquel día, en aquel momento, sólo sintió un calor sofocante, surgido de su propio pecho, de la zona donde debía estar su corazón; un corazón que latía herido, un dolor que no conocía límites. Un ansia desesperada por unirse a aquellos rayos de sol la embargaba. Porque los rayos de sol no sienten, pensaba.
Aquella luz nunca sentiría desdicha, miedo o coraje. No sentiría amor ni rechazo. No tenían corazón que aplastarle ni sentimientos que pisotearles. No tenían nada, más que su brillo y su calor.
Mary se levantó de su asiento, sin fijarse en quien estaba a su alrededor. Al fin y al cabo, todo era una sombra, todo estaba marchito. Corrió las cortinas con delicadeza (una que nunca le habían demostrado y, por lo tanto, no sabía cómo había aprendido) y paseó una mano por el cristal de la ventana, deseando fundirse con aquellos rayos de sol insensible. ¿Podría volar con ellos? ¿Se lo permitirían? Aunque no hubiera luz en ella...
Dejadme salir, le había suplicado en vano a la oscuridad que se había apoderado de su interior. Todo gracias a él, a sus palabras sin medidas.
Mary estiró los labios en una mueca de antipatía. Los recuerdos dolían, y en aquel momento sólo quería ser un rayo de sol. Abrió el cierre de la ventana y la empujó suavemente. Una alegre brisa estival le revolvió los cabellos.
¿Y el aire? ¿El aire sentía? Frío, calor... no era el tipo de sensaciones que Mary deseaba dejar atrás. El frío se combate con calor, el calor con frío; más fácil que combatir el dolor.
Mary sacó la cabeza y miró, contempló al mundo que aún decidía sucederse sin que ella fuera conciente. Sacó un poco más su cuerpo, le gustaba la sensación de no sentir más que su cuerpo en el aire. Quería volar, volar, muy lejos. Como Peter Pan voló lejos de aquello que lo lastimaba: El hacerse mayor, el comprender los sentimientos adultos... Mary quería ser una niña perdida allá en Nunca Jamás.
Llévame contigo, Pete... susurró mientras se dejaba caer más allá del límite de la ventana.
Pero no era a ese Pete a quien llamaba, si no a un Pete que sí había crecido, a uno que no había tenido la inocencia de no entender sus sentimientos, si no que lo había hecho y los había destrozado limpiamente, sin remordimientos. Aún recordaba aquella boca, aquella boca que tanto amaba, regalándole su amor a otra que no era ella.
Mary vio sus ojos, sus ojos refulgiendo con mofa cuando se dio cuenta de que lo había visto. Y aún así, aún en aquel momento, creyó ver un poco de amor en ellos.
Se abrazó a aquella mirada, y a su boca, a la imagen de quien había amado y amaba, mientras una terrorífica boca verde le abría los brazos para atraerla hacia abajo. Hacia un nuevo infierno.
                                                                             ***
Pete nunca conoció su suerte, y si la supo, nunca debió importarle.

1 comentario:

  1. Es genial! Triste, pero bello... quizás ella demasiado drástica para mi gusto, pero es tu historia y me gusta...
    ¿Por qué pensaste que no me gustaría el final? Me ha gustado.

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