Noto
tu ausencia. Mire donde mire, piense lo que piense, te cuelas en cada rincón de
mi presente y te aferras de forma dolorosa a todo lo que creía intocable.
Noto
tu ausencia en las cortinas aún echadas, en la ventana cerrada por la que ya no
entra suavemente la brisa otoñal; noto tu ausencia en mi cama, en ese olor
pegado a tu piel que empieza a desvanecerse de mis sábanas.
Noto
tu ausencia al levantarme, al rodearme con mis propios brazos el cuerpo
tembloroso y frío; noto tu ausencia en cada rincón de la casa, en el baño, en
la cocina… algo falta, algo que me hace recordarte a cada segundo. Y como la
sangre corriendo bajo un cardenal, relámpagos difusos de recuerdos me asedian,
clavando agujas de hielo en mis entrañas.
Noto
tu ausencia en aquella mesa donde un día me juraste “voy a quedarme contigo,
pase lo que pase”. Aprendí demasiado tarde que las promesas siempre se parten.
Noto
tu ausencia en la espuma del café recién hecho, esa que se quedaba atrapada en
la zona de tu bigote y yo te limpiaba entre risas, a besos.
Noto
tu ausencia en aquel día que llegaste con flores hasta mi jardín, susurrando un
“no importa el motivo, son para ti”.
Noto
tu ausencia, y tu ausencia duele. Y no hay palabras ni lágrimas que me
consuelen.
Noto
tu ausencia… Noto tu ausencia. Y también tu presencia, como una sombra callada
en cada esquina.
Si
sigues aquí, ¿por qué no te veo?
Si
te has ido, ¿por qué te siento?