Etiquetas

lunes, 31 de octubre de 2011

Miedo

¿Quién no conoce el miedo?
El miedo forma parte de la vida de uno a diario. Es algo con lo que se convive, algo con lo que se aprende, algo con lo que se gana y se pierde. El miedo es un obstáculo o un privilegio, dependiendo de la situación; una vía de escape o un muro inescalable. El miedo no es malo, es un arma para la supervivencia... pero no es del todo bueno. 
El miedo es tener la felicidad en la palma de la mano y soltarla porque no sabes si es lo que quieres. Yo tengo miedo, demasiado.  
Mi miedo es ese cosquilleo que tengo en el estómago cuando te miro a los ojos y temo que ese brillo no dure siempre.

viernes, 21 de octubre de 2011

Llorar


Esa necesidad imperiosa, esa presión en la garganta que amenaza con ahogarte, esa sensación húmeda y cálida saliendo por tus ojos, ese dolor en el pecho que te oprime, esos jadeos porque te falta el aire… 

Llorar, todo lo que haces es llorar, porque lo necesitas, porque no tienes otra forma de superar a tu alrededor, porque todo te asfixia, porque la más leve falta te hace sentir el ser más inútil. Lloras, lloras porque sí, no hay pensamientos en tu cabeza, sólo tú, y tus ganas de llorar, de enviar esa pena lejos… 

Pero la pena sigue ahí, flotando a tu alrededor en cada sollozo que das, aferrada al nudo de tu garganta, dejándote frías marcas en las mejillas. No hay luz, no hay oscuridad.

Y de repente, ya no hay lágrimas, no hay dolor. No hay más que tú, tú con ojos enrojecidos mirando fijamente a punto sin verlo, sintiéndote en paz al fin contigo mismo. Porque ya está, ya ha pasado la tormenta; la acción sigue ahí, pero tu culpa se ha ido. Es entonces cuando te levantas del suelo y te das cuentas de que aún sujetas el pañuelo que te ha consolado durante tu llanto. Lo miras con un agradecimiento mudo y lo envías a su siguiente destino. Luego, lentamente, te vuelves y limpias todo rastro que pudiera quedar porque… ya se ha ido, ya no está. E inspiras hondo, y sigues adelante. Porque el mundo no se detuvo por ti, por tus lágrimas, y debes continuar.

“La próxima vez lo haré mejor”, te prometes, recordando a cada segundo siguiente cómo sonreír. Y te vas y... simplemente, vives.

jueves, 13 de octubre de 2011

El desastre ~

Lo prometido es deuda (?) Aquí viene mi mega post ò__o
Feliciano paseaba lentamente por aquel largo pasillo lleno de armaduras. Las miraba de reojo con curiosidad; parecían muy antiguas, aunque brillaban como si estuvieran nuevas. Y tenían una pose erguida, tan natural, que daban la impresión de que echarían a andar de un momento a otro.

-Ve ~ -Feliciano se detuvo delante de una de ellas, la más alejada del extremo por el que había entrado. Nunca le habían despertado curiosidad los objetos relacionados con la guerra, no a él, que amaba comer, dormir y pintar. Pero ahora que las veía tan de cerca… las admiraba, pero no como a complementos bélicos, si no como a obras de artes. Apreció cada detalle con sumo cuidado: el grosor del metal, los recovecos que permitían los movimientos con ella, la postura relajada en la que habían sido colocadas.

Feliciano se acercó más para ver el yelmo al final de la armadura, recto, enhiesto, con una pluma que caía suavemente hacia atrás; su visera acabada en punta con aquellas rejillas lo suficientemente delgadas como para impedir el paso de la espada, pero suficientemente anchas para permitir ver al caballero. Feliciano paseaba su mirada por aquel lugar cuando un rayo de sol incidió sobre ellas, arrancando un extraño brillo de su interior. El chico pestañeó, confuso, echando levemente la cabeza hacia atrás, y el brillo volvió a aparecer fugazmente.

-¿Qué es eso? –preguntó en voz alta, ladeando la cabeza. Se adelantó un paso, poniéndose de puntillas para comprobar si así veía algo… con tan mala suerte que su delgado cuerpo golpeó la espada que sujetaba la armadura y se descolgó. Cayó con un estrepitoso ruido, cuán larga era, hacia el lado derecho, golpeando duramente el suelo. Éste lo soporto sin romperse, para suerte de Feliciano.

-¡V-ve! –el chico dio un salto hacia atrás, alejándose de la armadura. Miró con nerviosismo hacia todos lados. Lo iban a castigar, seguro. Corrió todo lo rápido que pudo hacia la espada y, con esfuerzos sobrehumanos, logró levantarla del suelo, jadeando. Suspiró aliviado, sonriendo al creer que podría solucionarlo sin que nadie interviniera –y lo castigara-, pero entonces, sin que le diera tiempo a reaccionar, la pesada arma se le resbaló de entre los dedos y fue directa a atacar la pierna izquierda de la armadura.

La empuñadura sacó de su sitio la pierna… y el resto del armadura, descompensada sin uno de sus apoyos principales, se vino abajo.

Feliciano nunca olvidaría cómo se extendió en todas las direcciones posibles aquel mar de metales. Comenzó a llorar, tratando de pensar en algún hechizo de recomposición, pero se echó las manos a la cara y lloró con más ganas cuando recordó que aún no sabía ninguno.

Y fue entonces, cuando un intenso brillo captó su atención a través de las lágrimas. Feliciano lo recordaría más adelante, y se extrañaría de que un objeto tan pequeño hubiera podido emitir tal fulgor.

El chico detuvo los gemidos al instante y miró con atención aquel brillo en el suelo, muy cerca de donde había caído el yelmo de la armadura. Era una piedra pequeña, de color oscuro. Feliciano frunció el ceño y se agachó para verla bien. Tenía algo… que le atraía y repelía a la vez. Aún así, decidió cogerla y la examinó con cautela, como se observa a una fiera bestia, a la luz que ofrecían los rayos de sol. Estaba fría, más fría de lo que podría estar cualquier piedra.

-¿Ve? –le dio vueltas entre sus dedos para verla desde todos los ángulos posibles-. ¿Qué es esto?

De repente, oyó un murmullo a su espalda y dio un respingo, girando la cabeza. A lo que sus ojos vieron, no le pudo dar crédito. Era un sueño, él sólo acudía en sus sueños, al igual que la otra persona que tanto añoraba.
-¿Abuelo? -la figura se presentaba ante él, más humana que cualquier fantasma pero más... translúcida. Era extraña.
La piedra se le resbaló de los dedos ante la impresión y la figura desapareció como si sólo hubiera sido un espejismo.
El chico se quedó parado donde estaba, mirando con pestañeos constantes y perplejos, el lugar donde hacía un momento había estado su abuelo... o aquella cosa que tanto se parecía a él. Pero no pudo quedarse allí mucho tiempo, porque oyó que alguien se acercaba al pasillo con paso presto.

Probablemente, alguien que había oído todo el jaleo de la armadura... Recordó de golpe todo el desastre de la armadura y que lo castigarían si lo veían allí. Recogió a prisas y con torpeza -estuvo a punto de caer al suelo- la piedra del suelo, se la guardó en el bolsillo y echó a correr hacia el lado contrario de donde venían los pasos, rezando todas las oraciones que se sabía para que nadie descubriera que él había sido el responsable de semejante estropicio.

Sin embargo, la parte más despierta de su cerebro -una que siempre trabajaba casi al margen del conocimiento de su dueño- no dejaba de darle vueltas al extraño hecho que había sucedido y que, con total seguridad, aquella extraña piedra de su bolsillo tenía algo que ver.

jueves, 6 de octubre de 2011

Caperucita Negra

Este es un feo cuento. Ven a leerlo... si puedes.

Llegaba tarde, llegaba tarde. Sus pies eran demasiado lentos.


Jadeaba por el esfuerzo cuando divisó el lugar acordado. Pero él no estaba, quizá aún no había llegado… o quizá ya se había ido. Se le encogió el corazón de sólo imaginarlo. Corrió más.


Vio una figura entonces junto al árbol. Pero era demasiado pequeña, demasiado frágil. No era él. No le prestó atención, no le importaba, así que le dio la espalda y miró en todas direcciones buscando a quien esperaba.


Entonces, un rudo golpe en la cabeza la hizo caer al suelo. Se le cortó la respiración, y sus piernas se doblaron sin remedio, haciéndola probar el suelo. Una carga pesada se instaló en su espalda, a la altura de los omóplatos, sintió cómo se introducía en su boca dos objetos largos y delgados, y tiraban de sus labios en dos direcciones diferentes. Gritó, gritó con todas sus fuerzas mientras le desgarraban la boca.


-Para que no puedas besarle –río quien se sentaba en su espalda. Sus manos ensangrentadas aún reposaban sobre las mejillas ahora partidas en dos-. No debiste haberme ignorado.


Ella no sabía quién le hacía eso ni por qué. Dolía, dolía. No reconocía la voz que le hablaba y quiso, entre el aturdimiento, girar la cabeza para verlo. Pero de repente, algo se posó sobre sus ojos y apretó… y apretó hasta que sus ojos dejaron de estar ahí. Gritó de nuevo.


-Para que no puedas ver su rostro nunca más –siseó con tal maldad que hasta la nueva oscuridad en la que se había sumergido tembló. Fuera quien fuera, le conocía, a él. –No va a venir, él nunca supo que estuviste aquí… 


Hubo unos segundos de silencio expectante. Pero luego continuó, y aquello no le gustó. Fue a hablar, pero de repente, quien estaba sobre ella, tiró de su pelo tan fuerte que pensó que le rompería el cuello. Pero sólo le arrancó el pelo, de raíz, hasta dejar su piel a la intemperie del frío crepúsculo. Dolía, dolía. Seguía sin reconocer quién hablaba y seguía sin saber por qué la lastimaba de aquella forma.


-Para que la belleza te rehuya, y sea toda para mí –rugió, terminando en una risa demencial.


Ella supo que no se quedaría contento con aquello, que la terminaría matando. Porque era lo que buscaba con aquella mutilación. No volvería a conocer otro nuevo día. Así que intentó levantarse, pero el peso la retenía con bastante eficacia. Su captor lo sabía, pero no contento con aquello, hizo algo más: Ella volvió a gritar cuando un dolor intenso atravesó la piel, músculo, tendones y hueso de sus tobillos. Le había cortado los pies.


-Para que no puedas volver a correr a sus brazos –susurró una infantil voz en su oído-. Él vendrá mañana, ¿sabes? Yo quedé con él en tu nombre… 


Se horrorizó. ¿Qué le haría aquel loco desquiciado? 


-¿Q-quién eres? –sollozó, sabiendo que su tiempo se agotaba. Quizá podría… no podría impedir nada. Se estaba muriendo-. ¿Por qué haces esto? … ¡¿Quién me está matando?! –gimió, sufriendo un espasmo. Se moría. Oh, sí, se moría… 


Hubo un silencio que se le hizo eterno, pero que deseó que nunca se acabara después de lo que oyó:

-¿Yo? –la voz sonó dulce e inocente… tal y como él describía la suya. Oh, no… -, yo soy tú –dejó escapar una risa suave-. Soy tú al otro lado del espejo… pero ya nunca más. Ahora tú serás quien mire a través del espejo y yo quien viva… con él.


No lo entendía, no lo entendía en absoluto. ¿Qué decía? ¿Qué locura era esa? 


-No debiste haberme obligado a aquel frío lugar, yo era parte de ti –ahora sonaba triste, enfadada, y sollozaba-. No me gustaba aquel lugar, y tú lo sabías. ¡A ti no te gustan esos sitios! Yo sólo quería un pequeño sitio en tu mundo… nuestro mundo. Pero estabas tan empeñada en que en tu corazón solo podía haber luz que desterraste cualquier rastro de sombra –ella sintió que unas afiladas uñas se clavaban en sus hombros. Gritó con las pocas fuerzas que quedaban-, a mí… Ahora yo reclamo mi parte, y el corazón que tanto ama ahora es mío… 


Estaba muerta. Ya era un hecho. Porque sabía lo que iba a hacer. 


De haber tenido ojos, los hubiera cerrado. De haber tenido una boca intacta, la habría abierto para gritar. De haber tenido pelo, lo habría usado para ocultar su cara del horror. De haber tenido pies, habría corrido. Pero ya no tenía nada. Y lo poco que le quedaba, se lo iban a quitar.


Algo frío se clavó en su espalda, y se removió, dañino y lacerante, en todas direcciones. 


-Es horrible –le confesó la voz, mordaz-. Músculo y sangre. Como cualquier corazón. No hay luz, nunca la hubo.

Ella sintió aquellas horribles manos abriéndose paso a través de su espalda, partiéndole costillas… y al final, en un último latido, sintió cómo la garra se cernía sobre ella, y le arrancaba el corazón.






lunes, 3 de octubre de 2011

Definitivamente

El destino tiene una forma muy curiosa de ponerte las cosas por delante.
Yo siempre creo que las cosas pasan por algo, que todo tiene su sentido, porque al cabo de los años entiendes que si no hubieses hecho aquello, no hubiera pasado eso otro...
Pero hay veces que el destino te plantea las cosas como un profundo acertijo... a tu parecer, porque en verdad todo es muy sencillo: ¡Es esto!, te grita al oído. Pero tú te empeñas en retorcerlo y buscarle cada absurdo significado...
La desconfianza siempre fue una materia en la que destaqué. Confiar era peligroso, confiar era de ingenuos... Y ahora me pasa factura esa carencia durante tanto tiempo.
Ha llegado al punto de que mis propios sueños se confabulan para hacerme entender algo... algo que en el fondo ya sé, aunque no vea la meta aún. No sé si me animan o me avisan, si me empujan o tiran de mí hacia atrás. Sólo sé que están ahí, en la oscuridad de mis sueños, velados, susurrándome bajito la llegada de lo que llevo tanto esperando. No sé si vendrá de un rostro conocido o de uno totalmente nuevo, pero viene, está próximo. Lo noto en el aire, lo noto en la tierra. Me lo anuncia el fuego, me lo confirma el agua.
Mi destino se acerca.