Hay días que te cuelas como un viento frío en mi pecho y me
estremeces hasta que me olvido de pensar. Solo soy capaz de recordar la curva
de tu nariz, tus sonrisa infantil o tus ojos grandes y oscuros.
Hay días que me aíslo de todo y ni tú ni nadie me trae a la
Tierra. Hay días en los que no siento nada, nada me complace ni me disgusta,
nada me conmueve ni me enfada. Hay días en los que ni tú me salvas de la
apatía.
Por suerte o desgracia, estos segundos días son mi pan
diario. No sé si es bueno o malo, solo sé que es así.
Pedí dejar algún día de sentir, más por los demás que por
mí, porque había demasiado rencor acumulado, envenenando cualquier buena acción
que se me ocurriera. Creo que lo conseguí.